Paris Jazz Club: la belleza de perderse por un instante.

Cine, humor y el pulso vibrante del jazz clásico: con más de 1000 funciones en teatros y clubes de la región, Paris Jazz Club se transformó en un clásico rioplatense que conquista a varias generaciones. Entre pasajes musicales de New Orleans y París, proyecciones cinematográficas y monólogos, el grupo propone un viaje escénico irrepetible en cada show. Conversamos con  sus creadores para descubrir el motor detrás de este fenómeno teatral y musical. 

— Hola, ¿cómo están? ¿En qué proyectos están trabajando actualmente? 
— ¡Hola! Muy bien, por suerte con bastante movimiento. Este año estamos recorriendo distintos escenarios del país con varios de nuestros espectáculos. Seguimos presentando Woody Allen Night, Jazz Cartoons y Jazz History, y además estamos desarrollando Cinema Music Land, que es nuestro espectáculo más nuevo y amplía un poco el universo de Paris Jazz Club hacia la música del cine en general.

Después de más de diez años de proyecto, algo que nos entusiasma mucho es que cada show fue encontrando su propio público. Hay gente que nos conoció por Woody Allen Night, familias enteras que llegaron a través de Jazz Cartoons y público que quizás se acercó por primera vez al jazz con Jazz History. Hoy sentimos que Paris Jazz Club dejó de ser solamente una banda para convertirse en una propuesta artística donde conviven la música, el cine, el humor y lo audiovisual.

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— ¿Cómo definirían al grupo? ¿Cómo surgió? ¿Por qué el nombre “Paris Jazz Club”? 
— Paris Jazz Club nació a fines de 2014 en Buenos Aires, fundado por nosotros, Sebastián Misuraca y Francisco Villaveirán. Al principio la idea era bastante sencilla: juntarnos a tocar la música que nos gustaba, fundamentalmente jazz tradicional, swing y esa sonoridad que nos llevaba a New Orleans y París. 

Con el tiempo empezaron a aparecer otras cosas. El cine, las imágenes, los monólogos, el humor, pequeños sketches… y sin darnos demasiada cuenta empezó a construirse un lenguaje propio. Hoy, después de más de mil presentaciones, creemos que lo que mejor define al grupo es justamente esa mezcla. No somos solamente una banda de jazz ni hacemos solamente teatro o humor. Utilizamos todos esos elementos para contar una historia y generar un clima.

El nombre tiene mucho que ver con una de nuestras grandes influencias, Sidney Bechet, y con ese imaginario del jazz de París que siempre nos fascinó. Queríamos un nombre que de alguna manera nos transportara a ese universo: un pequeño club, una noche en París y una banda tocando jazz. Después el proyecto creció muchísimo, pero el nombre quedó.

— ¿Cómo está integrado el grupo? Tenemos entendido que cuentan con diferentes formatos de instrumentación y de sonoridades adaptados a cada situación (shows, eventos privados, TV)… 
— Sí. Una de las particularidades de Paris Jazz Club es que nunca tuvimos una formación completamente rígida. Hay un núcleo artístico y después la instrumentación se adapta al espectáculo y a lo que queremos contar.

Actualmente estamos nosotros dos, Sebastián Misuraca, en piano, acordeón y monólogos, y Francisco Villaveirán, en clarinete, saxo soprano, guitarra y voz, junto con músicos que nos acompañan habitualmente como Santiago Ortolá en batería y washboard, Diego Lebrero en contrabajo, y distintos músicos de vientos y voces según el espectáculo. Las formaciones pueden llegar a sexteto o reducirse bastante dependiendo del contexto.

Eso nos permitió hacer desde grandes shows teatrales con pantalla, visuales y puesta escénica hasta pequeños clubes de jazz, eventos privados y televisión. Durante varios años, por ejemplo, tuvimos que desarrollar una sonoridad especialmente pensada para Debo Decir, el programa de Luis Novaresio, donde acompañábamos musicalmente el living y a distintos artistas invitados. Esa experiencia también nos enseñó muchísimo a adaptarnos musicalmente sin perder la identidad del grupo.

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— ¿Quién o quiénes fueron sus profesores? ¿Cómo fue su formación? 
— Los dos venimos de muchos años de estudio y de recorridos musicales bastante diversos. Sebastián se formó en piano y tuvo entre sus maestros a Manuel Fraga, mientras que Francisco estudió clarinete con Marcelo Moguilevsky, entre muchos otros docentes que fueron apareciendo en diferentes etapas.

Pero hay otra parte de nuestra formación que tuvo que ver directamente con tocar. Escuchar discos, investigar, compartir escenarios con otros músicos y hacer muchísimos shows.

En ese sentido, Paris Jazz Club también terminó siendo una enorme escuela para nosotros. Después de más de diez años y más de mil presentaciones, el proyecto nos obligó a aprender no solamente como instrumentistas, sino también sobre arreglos, producción, puesta en escena, humor y, fundamentalmente, sobre cómo comunicarse con públicos completamente diferentes.

— ¿A quiénes reconocen como referentes o influencias musicales? 
— Son muchísimos, pero si tenemos que ir al ADN de Paris Jazz Club aparecen rápidamente nombres como Sidney Bechet, Louis Armstrong, Benny Goodman, Duke Ellington, George Gershwin o Cole Porter.

Bechet probablemente sea uno de los más importantes porque ese sonido del clarinete y el saxo soprano, asociado además a París, estuvo muy presente desde los comienzos del grupo.

Después nuestras influencias se fueron ampliando muchísimo. Cuando uno arma espectáculos alrededor del cine termina encontrándose con compositores como Ennio Morricone, Nino Rota, Henry Mancini o Randy Newman, y empieza a descubrir que hay un universo enorme por fuera del jazz tradicional que también puede dialogar perfectamente con nuestra sonoridad.

— Cuentan con varios tipos de shows (Cinema Music Land, Jazz Cartoons, etc.) ¿Nos podrían explicar brevemente cada uno de ellos? 
— Sí. Cada espectáculo parte de una idea distinta, aunque todos comparten el lenguaje de Paris Jazz Club.

Woody Allen Night es probablemente nuestro espectáculo más emblemático. Nació en 2015 y propone un recorrido por el universo musical y cinematográfico de Woody Allen: jazz en vivo, escenas de sus películas y monólogos de humor. Musicalmente viajamos por New Orleans, Nueva York y París, con mucha presencia de Sidney Bechet, Gershwin, Cole Porter y el swing.

Jazz Cartoons está pensado alrededor de la relación entre el jazz y el cine animado. Aparecen clásicos y producciones más modernas, desde Tom y Jerry y Looney Tunes hasta canciones que distintas generaciones reconocen inmediatamente. Es un show que nos encanta porque pueden estar sentados juntos un chico, sus padres y sus abuelos, y cada uno encuentra un recuerdo diferente.

Jazz History cuenta, con música y humor, la evolución del jazz. Arrancamos en New Orleans con Armstrong y Bechet, pasamos por el swing de Benny Goodman, el bebop y llegamos hasta el cool jazz de Miles Davis, entre otros momentos. La idea no es dar una clase académica, sino que el público pueda entender y, sobre todo, escuchar cómo fue cambiando el género.

Y Cinema Music Land amplía todo ese concepto hacia el cine. Es un viaje por bandas sonoras y grandes momentos cinematográficos: aparecen La La Land, Whiplash, Morricone, Nino Rota, El Padrino, Casablanca, el universo Marvel y también referencias al cine argentino. Probablemente sea el espectáculo donde llevamos más lejos esa combinación de música, teatralidad, imágenes y humor que fuimos desarrollando durante todos estos años.

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— Al trabajar con repertorio musical de todas las épocas del cine y los cartoons, ¿notan que existen diferencias entre la música que ustedes escuchaban en sus comienzos y la que se hace hoy en día?
— Sí, por supuesto. Cambiaron muchísimo las formas de producir, escuchar y consumir música. Hoy todo sucede mucho más rápido y convivimos permanentemente con canciones, imágenes y contenidos muy breves.

Pero también nos pasa algo interesante: cuando llevamos al escenario música que tiene treinta, cincuenta o incluso ochenta años, descubrimos que muchas veces sigue funcionando perfectamente.

Quizás cambian los formatos, los sonidos y la manera en que llegamos a una canción, pero una buena melodía sigue emocionando. Y el cine y los dibujos animados tienen algo todavía más fuerte: muchas de esas músicas quedaron asociadas a momentos de nuestra vida.

Nos interesa mucho jugar con eso. Que alguien reconozca una melodía después de escuchar apenas tres notas y automáticamente vuelva a una película, a su infancia o a algún momento particular. Esa conexión emocional es bastante independiente de las épocas.

— ¿Cuáles son sus planes a futuro?
— Seguir haciendo crecer el universo de Paris Jazz Club. Durante mucho tiempo pensamos cada espectáculo casi como algo independiente y hoy empezamos a entender que todos forman parte de una misma identidad. Queremos seguir llevando los shows a distintas ciudades de Argentina y también profundizar las presentaciones fuera del país. Pero, sobre todo, queremos seguir creando. Después de más de diez años todavía nos entusiasma sentarnos con una idea que inicialmente parece medio absurda y preguntarnos: “¿Se podrá hacer un espectáculo con esto?”. Muchas veces de esa pregunta terminaron naciendo nuestros mejores proyectos.

— ¿Hay alguna anécdota que recuerden y quieran compartir con los lectores?
— Tenemos muchísimas después de más de mil shows. Y probablemente varias no sean publicables (risa). Pero algo que siempre nos sorprende es la cantidad de lugares y situaciones completamente diferentes a las que nos llevó el grupo. Pasamos de tocar en pequeños clubes de jazz para unas pocas personas a teatros llenos, televisión, festivales, casamientos y escenarios de distintas provincias y países. Y en el medio pasó absolutamente de todo: instrumentos que fallan, viajes interminables, improvisaciones para resolver cosas que no salieron como estaban previstas y monólogos que cambiaron completamente porque ocurrió algo inesperado entre el público.
Con el tiempo aprendimos que muchas veces esos accidentes terminan siendo los momentos que la gente más recuerda. El vivo tiene eso: podés preparar absolutamente todo, pero siempre queda un pequeño espacio para que suceda algo irrepetible.


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— ¿Cómo puede hacer la gente para escucharlos y saber más de ustedes?
— La forma más directa es nuestra página oficial (parisjazzclub.com.ar), donde están nuestros próximos shows, información de cada espectáculo, videos y las distintas propuestas de Paris Jazz Club. También estamos en las principales plataformas digitales y en redes sociales. Pero siempre decimos que la mejor manera de conocernos es en vivo, porque los espectáculos fueron pensados justamente para que la música dialogue con las imágenes, el humor y lo que está sucediendo esa noche en el escenario.

— Por último, ¿Qué les gustaría decirles a los lectores de nuestra revista?
— Primero, agradecerles por llegar hasta acá y por interesarse en lo que hacemos. Y después invitarlos a escuchar jazz sin demasiados prejuicios. A veces existe la idea de que para disfrutarlo hay que conocer mucho, entender armonía o saber quién grabó determinado disco en 1947. Nosotros creemos exactamente lo contrario. El jazz también puede ser diversión, emoción, humor, baile, cine, nostalgia y sorpresa. Esa fue un poco nuestra búsqueda desde que empezamos Paris Jazz Club: acercar esta música desde un lugar diferente y hacer que durante un rato el público se olvide de todo lo demás. Si después de un show alguien se va tarareando una canción, con ganas de escuchar a Sidney Bechet o simplemente con una sonrisa, para nosotros ya valió la pena.

Y vos ¿ya conocías a Paris Jazz Club? contanos… 

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